viernes, 28 de abril de 2017

Réplicas de cerámica arqueológica y arqueología experimental.


                                 Réplicas de cerámica arqueológica y arqueología experimental.


                                                         Bruñido de un vaso argárico.

El objeto arqueológico encierra una carga subjetiva. Esa exclusiva de aquel que lo contempla con curiosidad, con interés, con admiración a veces. La arqueología contemporánea parece interesada exclusivamente en la información objetiva que contiene. Como si cualquier valoración subjetiva contaminara el objeto de una visión anticuada, superada, ajena a la ciencia.


                        Réplica de un vaso del Acebuchal de Carmona. La metalurgia del cobre, las 
                                                            excavaciones de Bonsor...




                       Réplica de un pebetero ibérico de la necróplis de la Albufereta. Coroplastia ibérica.


Es bien conocido que a la arqueología en su concepción científica precedió una larga etapa en la que primaban intereses que para muchos hoy serían espúreos. Pero aquello que ha sido una realidad no deja de serlo porque hoy se mire con un enfoque distinto: ¿podríamos concebir la tarea de Schliemann, o de Schulten, por citar a alguien, desligada de un sentido de la Historia cargado de evocaciones literarias, de mitos, de belleza...? ¿Qué alentaba las expediciones a lugares remotos en busca de la Historia perdida? ¿Cuántos artistas reflejaron en plumillas y acuarelas lugares abandonados de antiguo, llenos de leyendas, buscando reflejar ese misterio oculto entre las ruinas más que cualquier otra cosa?




                          Las lucernas paleocristianas nos remiten al mundo romano tardía y al arraigo del cristianismo en todo el imperio. Taller de recreación de lucernas.

El coleccionismo de objetos arqueológicos, desde colecciones reales, o pertenecientes a la nobleza, como un signo de aristocracia cultural, a los gabinetes privados de burgueses ilustrados, o de sabios clérigos, estuvo ligado a la subjetividad que cada objeto arqueológico suscitó en cada poseedor. Para unos fue Tartessos y sus fuentes de plata, para otros fueron los palacios cretenses que mostraban una cultura llena de vitalidad y color, quizás otros quisieron interpretar las migraciones de los pueblos del mar a partir de las cerámicas micénicas, o imaginaban las naves cagadas de madera de cedro y púrpura de los fenicios.




                                          Esgrafiado hispano árabe. Decoración de una jarra.


 Cuántos otros se enamoraron de la cultura griega, empezando por Lord Byron, y ésta parecía contenerse en alguna porción en una dracma de Egina o una cílica ateniense. Aquí, muchos de los padres de la arqueología ibérica quisieron encontrar en la escultura o la pintura vascular ibérica algo mas que dataciones, cronologías, o reflejos mudos de un modo de vida perdido.


                                           Decoración puntillada de un vaso campaniforme.


Juan Antonio Pérez Meca levantando la maqueta a escala de un área minera de Huelva.


Creo que hoy podemos permitirnos el lujo de disfrutar de esta visión, romántica si se quiere, y si el espíritu de cada uno así le permite ese deleite, sin dejar de valorar esa otra visión moderna que nos va acercando a un conocimiento objetivo mejor acreditado.


Unas manos hacían esto en la campiña bética, en la puerta de una estancia iluminada, sobre un alcor, con tierra, agua, sus manos y fuego.


Para un modesto artesano como el que escribe, entusiasta desde la niñez de la historia antigua, los objetos arqueológicos contienen historias. Y ese poder de evocación va más allá de lo que alcanza a extraer de ellas el análisis científico.


                                       Bruñido de una réplica de campaniforme marítimo.

Conocí a una persona que viajaba a Grecia con cierta frecuencia, movido por su amor a la cultura griega clásica. Me relató que durante una visita a las ruinas de Corinto encontró una moneda de bronce, griega. Le otorgaba a su hallazgo un valor de talismán, el objeto quizás no había pasado por otras manos desde que un habitante de Corinto lo extraviara más de dos mil años antes. Esto puede analizarse desde el punto de vista de las leyes de protección del patrimonio, desde la óptica también del nulo valor informativo de una moneda que estaba exactamente donde tenía que estar, pues era corintia y del período de ocupación de la ciudad... para él era algo muy distinto. Cada signo alfabético, cada relieve del cuño, en lo que representaba y en cómo lo había representado el artista abridor de cuños, el mismo peso y color... eran otra cosa, ajena a valoración económica, algo que producía una satisfacción casi mística y personalísima.



                                                           Calcolítico de Los Alcores.


Como la posesión de objetos arqueológicos está muy restringida por las leyes, quizás con mi trabajo puedo aportar algo de esa satisfacción personal a través de reproducciones de objetos que hago con cariño y, a veces, alguna pericia conforme pasan los años y mejoro las técnicas. Ya sé que no es lo mismo, pero sin merma para el patrimonio de todos podemos disfrutar en parte de la posesión de esos evocadores objetos. Para mí lo importante es crearlos, más que poseerlos, y tengo la gran fortuna de que nunca me canso. Si después de largas jornadas consigo mejorar un poquito el aspecto de una pieza, ello me complace. Nunca abro un libro de arqueología o visito un Museo local sin que se suscite el deseo de, como un nuevo reto estimulante, reproducir o al menos imitar una nueva forma, una decoración, un color. No perder nunca la pasión en el trabajo es algo impagable.

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